lunes, 21 de diciembre de 2009

La navidad



En Sudaquia ocurren muchas tragedias, ya se sabe, pero por los datos que muestran algunas estadísticas del 2007 –de esas que afloran para esta linda época findeañera– se puede decir perfectamente, sin que te acusen de exagerado, que la peor tragedia debe ser la de ser niño o niña pobre. Porque a esos chiquitos les pasa de todo. Son el target preferido de la desnutrición, los desastres naturales, las drogas, los padres violadores, las madres asesinas, esas cosas. Y están por todos lados: dándote besitos en el subte, tirando pelotitas al aire en los semáforos, tocándote la ventanilla del auto, vendiéndote un cartoncito de Te Amo en el colectivo, esperándote a la salida del boliche, relamiéndose frente a tu almuerzo en el bar, durmiendo en la banca del parque, revisando la basura en la puerta de tu casa, mirándote de reojo, estirando la manito.

Es una tragedia, pero reconsidero: no es la peor. La peor tragedia en Sudaquia debe ser la de ser niño o niña pobre en Navidad. Como me contó mi amigo P –hoy talentoso escritor, antes niño pobre–, que cuando estaba chiquito llegó a inventarse cientos de teorías para explicarse porque Santa Claus se equivocaba todos los años con su regalo. ¡Pero si yo pedí una bici!, lloraba, y estrellaba contra el piso su camioncito viejo de madera, el mismo de todos los años pero pintado de otro color. Y como el chico de la esquina sí tenía una bici, él pensaba lo obvio: que Santa se había equivocado de casa, que quizá estaba borracho o así, porque en fiestas todos se emborrachan. Entonces iba a decírselo a su vecino, que esa bici es mía, Santa se equivocó. Y se volvía a su casa con dos piñazos en la jeta. Mi amigo P odiaba a Santa Claus por estúpido, ¿porque cómo podía confundir una bici con un mamarracho de esos? Ahora que está grande también lo odia, pero por gordo, me dice, y porque maltrata a los renos. Por lo menos a P le traían algo, pero imagínense a los que no, a esos que después de la última función callejera del día pasan por las vitrinas repletas de juguetes tan asquerosamente caros que les dan ganas de escupirlos. Yo no soy niña ni pobre y, lo confieso, a veces también quiero escupir esas vitrinas. Más que tragedia, la Navidad para un niño pobre es una tortura. Excesiva, dolorosa. Así que, en este clima festivo, con lucecitas que se prenden y se apagan, canciones cursis y repetidas, bastoncitos rojiblancos, señores de barba gordos y decrépitos que se visten de invierno y gritan jojo, la pregunta es:

¿cómo le explicas a un niño pobre por qué en Navidad él no recibe regalos?


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